Poet's Abbey (Blog de lecturas)


Don Quijote de la Mancha

Hace unos seis años que abrí este blog de libros con una lista de mis top ten. La idea era, por un lado, recoger todas las obras que leía a lo largo del tiempo, y por otro, invitar a los demás a la lectura de aquellas que me impactaban sin ánimo de escribir reseñas perfectas y breves -sólo puedo dar pinceladas sutiles. 

Los clásicos se leen tan sólo por el gusto de leer, por el placer de viajar con ellos, animados sólo por el deseo de aprender y de conocernos. Algo nos sucede cuando encontramos un buen libro.

Estaba convencido de que había publicado alguna entrada con el número uno de mi lista, Don Quijote de la Mancha. Pero dando un paseo por esta abadía de poetas me he dado cuenta de mi error. ¡Ni una entrada a Cervantes! ¡Esto no puede ser! Así que ahora mismo me siento en un rincón para escribir algo del gran novelista español de todos los tiempos.

¿Pero qué decir del gran maestro? ¿Y de su gran personaje, Don Quijote? Las aventuras del Caballero de la Triste Figura parecen disparatadas, fruto de la locura de amar los libros y de los elevados ideales de la justicia, el bien y la honra. Sin embargo, esta locura revela la necesidad de afrontar con valentía los retos que llevan al fracaso. Dar la vida por los demás, amar su persona, su destino, es lo que quiere enseñar Don Quijote con su ejemplo.

Los tanques comunistas pueden parecernos molinos de viento a nosotros, pero no a aquel muchacho chino desarmado frente al ejército en la Plaza Tiananmenn de Pekín en 1989. Nunca sabremos si había leído la gran obra de Cervantes, pero su deseo de justicia, de libertad y de paz es el mismo que tenía el genial hidalgo castellano del siglo XVII.




La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualares los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida.
  
Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, 1605

Dibujo: Pablo Picasso, 1955

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