Poet's Abbey (Blog de lecturas)


Humano, demasiado humano

 


Una cadena de comida basura ha lanzado una publicidad basura en medio de Semana Santa en España. En realidad, se trata de un chiste pésimo sobre la transubstanciación y el veganismo, sin más: "Comed todos de él, porque no lleva carne". Este mensaje, sin duda, ha conseguido su objetivo publicitario: que algunos pongan el grito en el cielo, que otros se mofen y que se hable mucho de esta marca (que yo omito para intentar no hacerle juego). 

El tema es que, después de numerosas quejas, la empresa ha pedido disculpas "a los que se hayan sentido ofendidos por esto".

Me llama la atención no la campaña en sí, que me parece pueril, sino la manera de disculparse. Si la publicidad no es de ningún modo ofensiva, ¿para qué disculparse? Y si realmente lo es, no deberían pedir disculpas sólo a los "ofendidos", sino a todo el mundo. 

En este laberinto posmoderno, para no perderme, como Teseo, sigo el hilo tuitero de Miguel Ángel Quintana. Pongamos que en vez de burlarse del colectivo católico se tratara de otro tipo de colectivo. Entonces, ¿cómo analizaríamos el mensaje y el efecto en las personas? Seamos críticos.

Una buena disculpa debe tener al menos dos características: reconocimiento del error (asumir que el acto es malo) y propósito de enmienda (reparar y asegurar que no volverá a ocurrir). Si la disculpa no tiene ninguna de estas características, entonces es que quizá no se quiere pedir perdón, sino liberarse de las consecuencias negativas de los actos. De acuerdo con Miguel Ángel Quintana, en ese caso es mejor no disculparse y, simplemente, decir con sinceridad: "Desearía que no me tuvieras en cuenta lo que hago. Quiero actuar sin consecuencias". 

Vivimos en una sociedad que ha perdido el valor de pedir perdón con humildad y de aceptar el propio error. Pero esto no es nuevo. En este hilo tuitero se atribuye a Quevedo un debate con el rey español Felipe IV sobre el valor de la disculpa. El rey sostenía que cualquier ofensa quedaba lavada por una simple disculpa. El escritor alegaba lo contrario. Entonces el rey le retó a ofenderlo y encontrar una disculpa que resultase peor que el agravio. Entonces Quevedo le tocó el culo y le dijo: "¡Perdón, señor, pensé que era la reina!".

Algo así decía Nietzsche en el libro Humano, demasiado humano. Hay que aprender a pedir disculpas cuando uno se equivoca y asumir toda la responsabilidad, sin medias tintas ni juegos de lenguaje que pasan la pelota al otro.


Cuando alguien se disculpa ante nosotros tiene que hacerlo muy bien; si no, fácilmente pasamos nosotros mismos por los culpables y nos queda un sentimiento desagradable.

Friedrich Nietzsche, Humano, demasiado humano, 1878 


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