Poet's Abbey (Blog de lecturas)


Calígula

Camus escribió Calígula poco antes de la Segunda Guerra Mundial, aunque su estreno no tuvo lugar hasta 1945, en un París marcado por la experiencia del totalitarismo. Para los primeros espectadores, la obra pudo leerse como un alegato contra las dictaduras contemporáneas. Sin embargo, su alcance es más profundo: Camus explora el absurdo de la existencia, el dolor ante la pérdida, y la tentación de llevar la libertad hasta un punto inhumano. En ese exceso, Calígula no solo habla del poder, sino también del amor, de la desesperación y de la imposibilidad de ser plenamente felices en un mundo finito.

«Los hombres mueren y no son felices», dice el texto en una invitación a reflexionar sobre la libertad absoluta, la tiranía y los límites morales del poder.

Como anuncia el título, el protagonista es el emperador romano Calígula, figura histórica y, en manos de Camus, personaje trágico. Su sobrenombre procede de las caligae, las sandalias claveteadas de los legionarios. Por fortuna para Roma, su reinado fue breve: apenas tres años. En ese tiempo dilapidó el tesoro imperial acumulado por Augusto y Tiberio en ludi fastuosos y proyectos delirantes; humilló al Senado —llegó a proponer como cónsul a su caballo Incitatus, alojado en un establo de mármol y marfil— y llevó hasta el extremo la arbitrariedad del poder. Finalmente, fue asesinado por Casio, prefecto de la guardia pretoriana, quien ordenó también la muerte de su esposa Cesonia y de su hija. Su sucesor, el tío Claudio, fue hallado escondido tras una cortina, paralizado por el miedo.


El amor no me basta: eso es lo que comprendí entonces. Es lo que comprendo también hoy, al mirarte. Porque amar a una persona es aceptar envejecer con ella. No soy capaz de este amor. Drusila vieja era mucho peor que Drusila muerta. Es habitual la creencia de que un hombre sufre porque la persona a quien amaba muere un día. Pero su verdadero sufrimiento es menos fútil: es advertir que tampoco la pena dura. Hasta el dolor carece de sentido. Ya ves, no tenía excusas; ni siquiera la sombra de un amor, ni la amargura de la melancolía. No tengo coartada. Pero hoy soy más libre que hace años, libre del recuerdo y de la ilusión.


Pero no estoy loco y aún más: nunca he sido tan razonable. Simplemente, sentí en mí de pronto una necesidad imposible. (...) Las cosas, tal como son, no me parecen satisfactorias. (...) El mundo, tal como está, no es soportable. Por eso necesito la luna o la felicidad, o la inmortalidad, algo descabellado quizá, pero que no sea de este mundo. 

Albert Camus, Calígula, 1945

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