Poet's Abbey (Blog de lecturas)


Barioná, el hijo del trueno

Era la Navidad de 1940. La nieve caía en el campo de prisioneros del Stalag 12D. Un joven guarda alemán, que no tenía ni veinte años, apretaba un cigarrillo en sus labios y sostenía un fusil con ambas manos mientras observaba la conmovedora escena. Los brutos presos callaban ante el Misterio. Un silencio envolvía el mundo, como si fuera la primera Navidad. La magia del teatro había tocado el corazón de aquellos hombres, en los duros tiempos de guerra. 

Todos le felicitaban. Los sacerdotes se vestían ya para la Misa del Gallo. Y el genial filósofo francés se quitaba el disfraz de Baltasar agradecido por las lisonjas de los otros presos. Sartre acababa de escribir y presentar su primera obra de teatro, una obra que quedaría en el olvido durante años. 

El guarda alemán, que entendía perfectamente el francés, se conmovió con los aplausos ensordecedores. Soltó el fusil y aplaudió con rabia. Su compañero le miró con recelo. Pero a él le daba igual. Acababa de presenciar la mejor representación dramática del misterio de Navidad. Una lágrima redentora corría por su rostro aniñado.


¿Hay algo más conmovedor para el corazón de un hombre que el comienzo de un mundo, que la incipiente juventud, que el comienzo de un amor, cuanto todo es todavía posible, cuando el sol, antes del amanecer, flota en el aire y en las caras como un fino polvo y cuando se presienten en la frescura agria de la mañana las torpes promesas de un nuevo día? En este establo se levanta una nueva mañana... En este establo ya ha amanecido. Y aquí, fuera, es de noche. Noche en los caminos, noche en mi corazón. [...] en este establo se levanta, con la tenue claridad de un pábilo, la primera mañana del mundo. (p. 135)

Jean-Paul Sartre, Barioná, el hijo del trueno, 1940

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