Poet's Abbey (Blog de lecturas)


Doña Perfecta



Doña Perfecta es una gran novela sobre cómo el fanatismo se disraza de virtud para ejercer el poder. Doña Perfecta no se presenta como una tirana, sino como una mujer piadosa, respetable, defensora de la tradición. Su crueldad opera siempre bajo el manto de la rectitud moral. De ahí que el nombre sea tan irónico: ella se cree (y se exhibe) perfecta, y es precisamente esa máscara de perfección lo que le da poder sobre los demás y lo que hace tan difícil combatirla.

Doña Perfecta gobierna con mano de hierro el pueblo ficticio de Orbajosa, trasunto de esa Castilla profunda, clerical y reacia al cambio que el escritor canario observaba con ojo crítico. Cuando su sobrino Pepe Rey llega desde Madrid como ingeniero, Doña Perfecta lo acoge al principio con calculada cordialidad: viene con el propósito explícito de casarse con Rosario, la hija de la casa. Pero Pepe trae consigo algo que la sociedad de Orbajosa no soporta: el espíritu laico y racionalista del siglo XIX.

La alianza entre Doña Perfecta y el canónigo don Inocencio condensa la hipocresía que el autor denuncia. El nombre del cura vuelve a ser irónico: lejos de la inocencia, don Inocencio es un hombre sagaz y rencoroso que utiliza la religión como instrumento de control social. Juntos, la beata y el clérigo desmontarán metódicamente el proyecto de los jóvenes, que han cometido el "pecado" de enamorarse en libertad.

Lo extraordinario es que ese diagnóstico, formulado hace casi ciento cincuenta años, conserva toda su actualidad. La religión institucional sigue perdiendo fieles allí donde el pensamiento crítico gana terreno; la ciencia, cuando se burocratiza y pierde el asombro, se convierte en lo que Pepe llama "rutina de laboratorio"; y el arte que se olvida de interrogar el mundo acaba atrapado en sus propios museos, convertido en objeto de consumo cultural más que en experiencia viva. Galdós no celebra este derrumbe con frivolidad: lo plantea como un proceso inevitable y doloroso, el precio del despertar de la conciencia moderna.

La novela se cierra de manera trágica, sin concesiones al sentimentalismo. Doña Perfecta no es una obra de buenos y malos nítidos, aunque la protagonista concentre la barbarie del fanatismo: es un retrato de cómo las instituciones, cuando se aferran al pasado, pueden destruir lo mejor que tienen a su alcance. En ese sentido, es también —y acaso sobre todo— una novela política.

En este fragmento que he subrayado en el libro, Pepe Rey lanza una profecía sobre el derrumbe de los grandes sistemas de creencias que habían sostenido el mundo hasta entonces: la religión reducida a superstición y moralismo, la ciencia petrificada en rutina de laboratorio, el arte que ha degenerado en amaneramiento vacío. Galdós pone en boca de su personaje una visión que podríamos llamar nietzscheana: el género humano, dice Pepe, despierta y abandona sus sueños torpes para mirar la realidad de frente.



Pero no es culpa que la ciencia esté derribando a martillazos un día y otro tanto ídolo vano, la superstición, el sofisma, las mil mentiras de lo pasado, bellas las unas, ridículas las otras, pues de todo hay en la viña del Señor. El mundo de las ilusiones, que es como si dijéramos un segundo mundo, se viene abajo con estrépito. El misticismo en religión, la rutina en la ciencia, el amaneramiento en las artes, caen como cayeron los dioses paganos, entre burlas. Adiós, sueños torpes: el género humano despierta y sus ojos ven la realidad. (p. 39)


Benito Pérez Galdós, Doña Perfecta, 1876

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