
En Memorias de Adriano, Marguerite Yourcenar nos invita a adentrarnos en la intimidad de un emperador que fue tanto filósofo como gobernante. La novela no es solo un retrato histórico de Roma, sino una meditación sobre el poder, la mortalidad, el arte y la memoria, escrita con la elegancia de quien dialoga con los siglos. Yourcenar logra que la voz de Adriano trascienda el tiempo y nos haga sentir cercanas sus reflexiones, sus dudas y su humanidad.
Como apuntó Flaubert, en un tiempo en que los dioses romanos habían dejado de existir y el cristianismo aún no se había convertido en la religión de los emperadores, Adriano, el gran pensador, gobernó Roma.
Es en esa época brillante de la Antigüedad donde la escritora belga Marguerite Yourcenar —la primera mujer en ingresar a la Academia Francesa— elige situar la vida de uno de los más grandes emperadores romanos, un hombre hispano y amante de la filosofía griega. La voz de sus memorias resuena con fuerza y libertad, como si los siglos no hubieran pasado.
El emperador Adriano, tal como se revela en la obra, sostiene que la vida ilumina lo que los libros no pueden enseñar por sí solos. Para él, la palabra escrita sirve para escuchar la voz humana, y el conocimiento de la vida se refleja en las letras: de los libros se aprende a vivir, y de la experiencia se aprende a escribir.
Cuando los dioses ya no existían y Cristo no había aparecido aún, hubo un tiempo único, desde Cicerón a Marco Aurelio, en que sólo estuvo el ser humano. (cita de los cuadernos de notas)
Marguerite Yourcenar, Memorias de Adriano, 1951
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