Poet's Abbey (Blog de lecturas)


El camino

El inicio de esta maravillosa novela que Miguel Delibes escribió con solo 30 años es uno de los más memorables de nuestra literatura: «Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así». El narrador reconoce, desde esa primera frase, que la vida encierra un misterio irreductible, que el azar o el destino acompañan nuestros pasos y que la memoria siempre se construye desde la nostalgia.

Toda la novela nace de esa intuición. Daniel, el Mochuelo, debe abandonar el valle para marchar a la ciudad a estudiar, una decisión que los adultos consideran un progreso indiscutible y que él vive con una mezcla de desconcierto y tristeza. Durante esa última noche, el recuerdo convierte el pueblo en un universo completo: los amigos, los vecinos, los animales, los trabajos cotidianos y los pequeños dramas adquieren el relieve de aquello que solo comprendemos plenamente cuando estamos a punto de perderlo.

El asombro de Daniel ante lo que un hombre puede llegar a saber condensa el gran tema de la novela: el enfrentamiento entre el saber campesino, concreto y vivido, y el saber urbano, abstracto y prestigioso. 

Delibes no desprecia el conocimiento académico; cuestiona, más bien, la convicción de que solo existe una forma de inteligencia y de que el progreso consiste necesariamente en abandonar el mundo heredado. Esa tensión atraviesa toda la obra con naturalidad.

Quizá por eso sigue conmoviendo tanto más de setenta años después: porque habla del instante en que la infancia termina y uno comprende que ningún camino recorrido permite regresar exactamente al lugar del que partió.



Pero a Daniel, el Mochuelo, le bullían muchas dudas en la cabeza a este respecto. Él creía saber cuánto puede saber un hombre. Leía de corrido, escribía para entenderse y conocía y sabía aplicar las cuatro reglas. Bien mirado, pocas cosas más cabían en un cerebro normalmente desarrollado. No obstante, en la ciudad, los estudios de Bachillerato constaban, según decían, de siete años y, después, los estudios superiores, en la Universidad, de otros tantos años, por lo menos. ¿Podría existir algo en el mundo cuyo conocimiento exigiera catorce años de esfuerzo, tres más de los que ahora contaba Daniel? Seguramente, en la ciudad se pierde mucho el tiempo —pensaba el Mochuelo— y, a fin de cuentas, habrá quien, al cabo de catorce años de estudio, no acierte a distinguir un rendajo de un jilguero o una boñiga de un cagajón. La vida era así de rara, absurda y caprichosa.


Miguel Delibes, El camino, 1950

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