En Diario de un seductor, Søren Kierkegaard nos sumerge en la mente de Johannes, un estratega del deseo que no persigue la posesión física, sino la conquista intelectual y emocional. A través de una prosa refinada y gélida, la obra disecciona la "fase estética" de la existencia, un estadio donde el otro deja de ser un fin en sí mismo para convertirse en una pieza dentro de un tablero de ajedrez. Es una lectura fascinante y perturbadora que cuestiona los límites entre la seducción, el egoísmo y la vacuidad del placer puramente reflexivo.
Esta obra, nacida del desgarro tras su ruptura con la joven Regine Olsen, fue el catalizador que consagró al danés en el olimpo de la filosofía. Partiendo del mito de Don Juan, Kierkegaard reflexiona sobre el misterio del erotismo y el compromiso, retratando a un sujeto que busca el deleite de la seducción por encima de cualquier belleza real, en una negación absoluta de la alteridad.
Bajo esta premisa, el filósofo nos advierte: mientras el goce suele decepcionar, la posibilidad permanece intacta. Johannes nos invita, quizás involuntariamente, a valorar la distancia entre el deseo y su satisfacción, sugiriendo que la verdadera libertad radica en reeducar nuestros impulsos. En este esquema, el abandono de la amada es un "mal necesario" que revela una visión profundamente egocéntrica: "te amo, pero lo importante no eres tú, soy yo".
Así, el Don Juan —tan vigente en nuestros días— se revela como un ser narcisista e hipersensible; alguien que, atrapado en las riendas de sus instintos, confunde la ética con la estética. Es, en última instancia, el retrato de un hombre que busca el goce inmediato en un mundo desprovisto de normas y, por tanto, huérfano de esperanza.
En cambio, María Zambrano le responde: "El objeto del amor difiere del objeto de deseo en ser algo que la posesión no destruye. El deseo no subsiste después de haber sido. Es consumido, no trasciende. El amor llega a lo que jamás podrá ser destruido" (Los intelectuales en el drama de España, 1937).
La simple posesión es algo vulgar y resultan mezquinos los recuerdos de que sirven esos enamorados: no vacilan en emplear el dinero, el poder, la influencia ajena y aún los narcóticos. ¿Qué placer puede brindar a un amor si no contiene en sí mismo el abandono absoluto de una de las partes? Siempre es preciso el espíritu, y el espíritu falta comúnmente a esa clase de enamorados.
Soren Kierkegaard, Diario de un seductor, 1844

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