Poet's Abbey (Blog de lecturas)


Homero, Ilíada

Es preferible vivir poco y ser recordado por una acción noble y heroica que tener una larga existencia y transitar en este mundo sin pena ni gloria. Los héroes de Troya creían en esta idea para vivir de forma auténtica. Por eso, Aquiles devolvió al rey Príamo el cadáver de su hijo Héctor, al que había matado para vengar la muerte de Patroclo y acercar a los aqueos a la victoria. Y el rey besó las manos de Aquiles, agradecido por haber hecho a su hijo inmortal.

El canto memorable a la belleza de la guerra, que es la gran Ilíada de Homero, no se puede comprender bajo la mirada miope de lo políticamente correcto (que no soporta aquello que se escapa a sus esquemas raquíticos y a sus etiquetas ideológicas). 

Para leer la Ilíada hay que pensar la guerra como un horror bello, un oxímoron que no soporta ideologías hipersensibles y pueriles.

Esta gran obra clásica narra la historia de un héroe, Aquiles, obsesionado por el honor. Él puede elegir entre una vida corriente, tranquila, o una vida heroica, y parte hacia Troya para buscar la gloria en el campo de batalla. En contraste, Ulises no fantasea con un destino glorioso, sino que opta por volver a Ítaca y rechazar a la sensual Calipso en la Odisea. Esta sabiduría del hombre que regresa al hogar nos sugiere que la vida normal y corriente vale la pena, a pesar de sus limitaciones y miserias, aunque la juventud se esfume y acabemos arrastrando los pies.

Las hazañas de los guerreros troyanos Héctor, el infame Paris, el viejo rey Príamo, y de los héroes aqueos como Aquiles o Menealo, y de la presencia del eterno femenino encarnado en la bellísima Helena de Argos, en Andrómaca o en Criseida, son hazañas inmortales, porque saben que la fascinación por las armas y los movimientos de guerra sólo se supera con una belleza desarmada, más grande.

Según Simone Weil, el único héroe del poema homérico es la fuerza.

"Construir otra belleza es tal vez el único camino hacia una auténtica paz. Demostrar que somos capaces de iluminar la penumbra de la existencia sin recurrir al fuego de la guerra. Dar un sentido, fuerte, a las cosas, sin tener que llevarlas a la luz, cegadora, de la muerte. Poder cambiar el destino de uno mismo sin tener que apoderarse del otro", dice Baricco en el epílogo de esta edición de la Ilíada

La palabra, en esta obra inmortal, detiene la guerra en una belleza mayor. Porque cuando Aquiles y Héctor hablan no luchan, y nos enseñan que la manera de acabar con la violencia de la guerra es mostrar una belleza desarmada, más cegadora que la suya, de las armas, e infinitamente más apacible.

Aunque en esta edición se eliminan los dioses para aligerar la lectura (cosa que se agradece, en mi opinión), reconozco que echo de menos la parte en la que el mismísimo Zeus riñe a su mujer Hera durante un banquete con muchos invitados por intentar desvelar sus intenciones, y le calla la boca de manera grosera y machista. Algo parecido hace Telémaco a su madre Penélope en la Odisea, cuando le obliga a callar porque "la palabra es cosa de hombres".

Esta obra clásica es irrenunciable. Se debe leer y releer para poder entender el mundo antiguo y también el mundo actual. De hecho, se dice que Alejandro Magno dormía siempre con su ejemplar de la Ilíada y una daga debajo de la almohada.

Los 15.000 versos de la Ilíada (y los 12.000 versos de la Odisea) son un territorio fronterizo entra la oralidad y el nuevo mundo de la escritura. 

Otros poetas, como Arquíloco, son el contrapunto al personaje de Aquiles. En vez de buscar el honor, el antihéroe ridiculiza la gloria y, realista y cáustico, abandona el campo de batalla para salvarse: "El escudo que arrojé a mi pesar en un arbusto, una pieza excelente, ahora lo blande un tracio. Pero salvé el pellejo. ¿Qué me importa ese escudo? Que se pierda." Finalmente, murió luchando, pero dejó claro que la promesa de la gloria póstuma era en vano.



Para mí nada hay que equivalga a la vida, ni cuanto dicen que poseía antes Ilio, la bien habitada ciudadela, en tiempos de paz, antes de llegar los hijos de los aqueos (...). Se pueden ganar con pillaje bueyes y cebado ganado, se pueden adquirir trípodes y bayas cabezas de caballos; más la vida humana ni está sujeta al pillaje para que vuelva ni se puede recuperar cuando traspasa el cerco de los dientes.

Alessandro Baricco, Homero, Ilíada, 2005

Comentarios