
Quien aspire a la lucidez debe “aproximarse a los hechos con las manos esterilizadas, tal como un cirujano se acerca a su paciente”; de lo contrario, corre el riesgo de contaminar todo lo que toca.
En su ensayo, Fromm señala que “las relaciones concretas entre los hombres han perdido su carácter inmediato y humano”, criticando así las inhumanas leyes del mercado capitalista que lo rigen todo.
¿Es el trabajo una pesada carga, el castigo bíblico del Edén, la piedra de Sísifo? ¿O, por el contrario, constituye una oportunidad que dignifica la condición humana y permite vivir sin miedo a la libertad?
Para Jean-Paul Sartre, el sentido de la libertad no consiste en hacer lo que uno quiere, sino en querer lo que uno hace. Ese deseo consciente es especialmente complejo en una sociedad que teme la libertad, tal como advierte Fromm. “Tener esperanza significa estar dispuesto en todo momento a algo que aún no ha nacido”, escribe en La revolución de la esperanza.
La “lógica sadomasoquista de la dominación” explica cómo el miedo nos lleva a:
a) Someternos a la voluntad de un líder.
b) Someter a aquellos que consideramos inferiores.
Muchos movimientos antidemocráticos se aprovechan de esta lógica, movilizando a personas desesperadas y aterradas, dispuestas a cualquier cosa para recuperar una sensación de poder o identidad.
El problema, como siempre, es fundamentalmente antropológico: ¿qué ideal de ser humano estamos promoviendo a través de la educación?
La función social de la educación es la de preparar al individuo para el desempeño de la tarea que más tarde le tocará realizar en la sociedad, esto es, moldear su carácter de manera tal que se aproxime a su carácter social; que sus deseos coincidan con las necesidades propias de su función social. (p. 290)
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