El escritor argentino Ernesto Sábato, autor de obras fundamentales como El túnel, Antes del fin y La resistencia, desarrolla en Hombres y engranajes una de las críticas más penetrantes a la civilización tecnificada del siglo XX.
Escrito en los años posteriores al fin de la II Guerra Mundial, el ensayo se enfrenta a una paradoja inquietante: ¿cómo pudo una cultura científicamente avanzada desembocar en la barbarie?
Sábato sostiene que el progreso técnico, por sí mismo, no constituye un progreso moral. La experiencia de las guerras mundiales mostró que la ciencia puede multiplicar el poder humano sin ofrecer ninguna orientación sobre los fines a los que ese poder debe servir.
Como escribe el autor, aprendimos tardíamente que la ciencia no es garantía de nada, pues sus logros son ajenos a las preocupaciones éticas. La cuestión decisiva no es cuánto sabemos ni qué somos capaces de hacer, sino para qué utilizamos ese conocimiento.
Desde esta perspectiva, la educación tampoco puede reducirse a métodos pedagógicos cada vez más innovadores ni a técnicas más eficientes de transmisión de información. Antes que los procedimientos, importa la concepción de ser humano que los inspira. Toda educación presupone una idea de la dignidad humana, de la libertad y de la responsabilidad moral.
Más de medio siglo después, el libro recupera una vigencia inesperada ante el desarrollo de las inteligencias artificiales generativas y otras tecnologías capaces de transformar radicalmente la vida social. Sábato obliga a formular una pregunta que sigue siendo ineludible: si el progreso técnico avanza a un ritmo cada vez mayor, ¿qué idea de hombre guía ese avance? ¿Qué tipo de humanidad presuponemos cuando ampliamos nuestras capacidades científicas y tecnológicas?
Hombres y engranajes recuerda que ninguna innovación puede responder por sí sola a estas cuestiones, porque pertenecen al ámbito de la filosofía, la ética y la concepción que una sociedad tiene de sí misma.
James Mill, en el buen tiempo viejo, imaginaba que cuando todos supieran leer y escribir estaría asegurado para siempre el reinado de la Razón y la Democracia. ¡Pobre hombre! Abrir escuelas, "educar al soberano", etc. Pero, ¿para enseñar qué? Bastaría recordar que el pueblo más instruido del mundo fue el alemán. Es extraño que haya gente que siga creyendo en ese mito.
Ernesto Sábato, Hombres y engranajes, 1951

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