La biografía de San Francisco de Asís que ofrece el escritor inglés Chesterton está escrita desde el amor y el ingenio intelectual del autor de Ortodoxia.
Evoca la vida de ese hombre humilde que se ganó el Cielo en la Europa medieval del siglo XIII. Espejo de Cristo, San Francisco renovó la Iglesia a través del mensaje evangélico y el amor a Dios y a todas las cosas creadas, empezando en las colinas boscosas de Umbría.
Hoy nos dice mucho la vida de este santo italiano que, según Chesterton, tenía un sentido del humor inglés: "un hombre que anda siempre de buen humor, siguiendo su camino y haciendo lo que nadie más haría".
Los santos viven en la eternidad y en el tiempo, participan de Dios y de la historia, pero la intemporalidad de san Francisco es más evidente porque su lenguaje, que es el del amor y del corazón, llega a lo más profundo del ser humano. La santidad es la plenitud en el amor, pero en la unión con el Amor hay moradas y creemos que el hombre Francisco llegó a la más cercana.
Pero como San Francisco no amó a la humanidad, sino a los hombres, tampoco hubo de amar a la cristiandad, sino a Cristo.
Cuando aun brillaba el crepúsculo, apareció, silenciosa y súbitamente, sobre una pequeña colina que dominaba la ciudad, una figura oscura, contra la oscuridad que se desvanecía. Era el fin de una larga y áspera noche, de una noche en vela, visitada, empero, por las estrellas. Aquella figura estaba en pie, con las manos en alto como en tantas estatuas y pinturas; en torno suyo había un bullicio de pájaros cantando, y a su espalda se abría la aurora.
No llamó madre a la Naturaleza; llamaba hermano a un determinado gorrión o jumento. [...] criaturas individuales, a las que su Creador asignó un lugar concreto, y no de meras expresiones de la energía evolutiva de las cosas. Por esta razón se halla tan próximo al sentido común de los niños.
G. K. Chesterton, San Francisco de Asís, 1923

Comentarios