En el pensamiento clásico, la cuestión de la verdad se planteaba a partir de la relación entre las palabras y el orden de las cosas. El lenguaje se concebía como un medio capaz de representar una realidad estructurada y cognoscible.
Con la modernidad, sin embargo, emerge una nueva configuración del saber. Ya no se trata simplemente de reflejar un orden dado, sino de investigar las condiciones que hacen posible el conocimiento. El ser humano pasa a ocupar una posición central: es simultáneamente sujeto que conoce y objeto de conocimiento.
En Las palabras y las cosas, Michel Foucault analiza las transformaciones históricas que han hecho posible distintas formas de pensar. Su tesis principal es que cada época está organizada por una episteme: un conjunto de reglas, generalmente implícitas, que delimitan qué puede considerarse conocimiento válido, qué preguntas pueden formularse y qué discursos son aceptables.
La obra se abre con un célebre análisis de Las Meninas de Velázquez. A través de la compleja disposición de miradas, perspectivas y representaciones presentes en el cuadro, Foucault introduce uno de los temas centrales del libro: la relación entre representación, conocimiento y verdad.
A lo largo de su investigación, examina especialmente la evolución de la lingüística, la biología y la economía política para mostrar que los grandes sistemas de saber no surgen de manera espontánea, sino dentro de determinadas condiciones históricas de posibilidad. Las ciencias humanas no serían el descubrimiento progresivo de una esencia humana eterna, sino el resultado de una configuración histórica específica.
De ahí una de las tesis más provocadoras del libro: el «hombre», entendido como fundamento último del conocimiento y centro de toda reflexión filosófica, es una invención reciente. No porque los seres humanos no existan, sino porque la figura del hombre como objeto privilegiado de las ciencias humanas aparece únicamente en la episteme moderna.
Por ello, Foucault sostiene que, así como determinadas condiciones históricas hicieron posible la aparición del hombre como categoría fundamental del saber, un cambio futuro en esas condiciones podría provocar su desaparición. De ahí la famosa imagen con la que concluye la obra: el hombre podría borrarse «como en los límites del mar un rostro de arena».
Aunque Foucault desarrollará posteriormente una estrecha relación entre saber y poder, en Las palabras y las cosas su preocupación principal no consiste en demostrar que toda verdad sea una mera imposición del poder. Más bien intenta mostrar que aquello que una época considera verdadero depende de estructuras históricas profundas que suelen permanecer invisibles para quienes viven dentro de ellas.
La consecuencia filosófica de esta perspectiva es una crítica radical al humanismo ilustrado y a la idea de que existe un sujeto universal, estable y ahistórico que sirva de fundamento al conocimiento. La pregunta que queda abierta es si esta crítica puede sostenerse sin caer en una forma de relativismo. Si todo saber depende de condiciones históricas y discursivas, ¿desde qué posición podría afirmarse la validez de la propia arqueología foucaultiana? Esta tensión constituye una de las cuestiones más debatidas de su pensamiento.
Lo propio del saber no es ni ver ni demostrar, sino interpretar. (cap. 4 La estructura de las cosas)
Se ha deshecho la profunda pertenencia del lenguaje y del mundo. Se ha terminado el primado de la escritura. Desaparece, pues, esta capa uniforme en la que se entrecruzaban indefinidamente lo visto y lo leído, lo visible y lo enunciable. Las cosas y las palabras van a separarse. El ojo será destinado a ver y sólo a ver, la oreja sólo a oír. El discurso tendrá desde luego como tarea el decir lo que es, pero no será más que lo que dice. (cap. 5 El ser del lenguaje)
Don Quijote lee el mundo para demostrar los libros [...]. Don Quijote es la primera de las obras modernas, ya que se ve en ella la razón cruel de las identidades y de las diferencias juguetear al infinito con los signos y las similitudes; porque en ella el lenguaje rompe su viejo parentesco con las cosas para penetrar en esta soberanía solitaria de la que ya no saldrá, en su ser abrupto, sino convertido en literatura... (cap. 1 Don Quijote)
Separado de la representación, el lenguaje no existe de ahora en adelante y hasta llegar a nosotros más que de un modo disperso [...] A esta pregunta nietzscheana:¿quién habla? responde Mallarmé y no deja de retomar su respuesta al decir que quien habla, en su soledad, en su frágil vibración, en su nada, es la palabra misma -no el sentido de la palabra, sino su ser enigmático y precario. (cap. 1 El retorno del lenguaje).
Michel Foucault, Las palabras y las cosas, 1966

Comentarios