Esta breve novela del autor aragonés Ramón J. Sender se titulaba inicialmente como Mosén Millán (fue escrita en el exilio), y reconstruye, a través del recuerdo fragmentario de un párroco de un pequeño pueblo de Huesca, la vida y muerte de Paco el del Molino, un joven campesino profundamente querido por la comunidad, cuya ejecución durante la Guerra Civil española marca el núcleo trágico del relato.
Mosén Millán, que lo bautizó y casó y llegó a considerarlo “como a un hijo”, es quien articula la memoria del protagonista en el presente narrativo, un año después de su asesinato, cuando se dispone a celebrar el réquiem encargado por los propios responsables de su muerte: los notables del pueblo, representantes del orden social que terminó condenando a Paco.
La obra avanza así sobre una tensión moral constante: la del recuerdo frente a la culpa, la complicidad frente a la pasividad, y la incapacidad de la palabra religiosa para intervenir en la violencia histórica.
Mosén Millán aparece como una figura ambigua, más próxima a la inacción que a la traición explícita, pero igualmente implicada en el desenlace por su silencio y su renuncia a confrontar el poder.
En este sentido, la novela admite múltiples lecturas. Paco puede interpretarse como una figura de inocencia sacrificada, incluso con resonancias cristológicas, mientras que Mosén Millán oscila entre la del traidor y la del hombre atrapado en una estructura social y eclesiástica que lo supera.
También puede leerse como una reflexión más amplia sobre el papel de la Iglesia en la fractura civil española, entre la legitimación del orden establecido y la pérdida de autoridad moral frente a la violencia.
Lejos de ofrecer una condena unívoca, Sender construye un relato sobrio y descarnado que interroga, más que responde, sobre la responsabilidad individual dentro de los grandes conflictos históricos.
El cura esperaba sentado en un sillón con la cabeza inclinada sobre la casulla de los oficios de réquiem. La sacristía olía a incienso. En un rincón había un fajo de ramitas de olivo de las que habían sobrado el Domingo de Ramos. Las hojas estaban muy secas, y parecían de metal. Al pasar cerca, mosén Millán evitaba rozarlas porque se desprendían y caían al suelo.
Ramón J. Sender, Réquiem por un campesino español, 1953

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