Markus, con su torpeza entrañable, introduce una ternura inesperada que contrasta con la rigidez del entorno laboral y social. Charles, por contra, aparece como el hombre exitoso en los negocios y fracasado en lo emocional, como un mediocre amargado y espiritualmente vacío.
La relación entre una mujer fantástica como Nathalie y un hombre sencillo como Markus sorprende a más de uno en la oficina. Porque no es una explosión romántica, sino una sucesión de pequeños gestos, miradas y palabras precisas. La delicadeza se desvela al no invadir, no imponer, escuchar, comprender el ritmo del otro. El amor, lejos de idealizarse, aparece como algo frágil que necesita tacto y respeto para crecer, para mirar al otro con compasión.
Foenkinos nos recuerda que la vida puede ser muy dura, pero también suave cuando sabemos acercarnos a los demás sin armaduras. Esa mezcla de melancolía y esperanza convierte La delicadeza en una obra cálida, humana y reconfortante.
Sobre todo, seguía incapaz de vivir el momento presente. Quizá el dolor sea eso: una forma permanente de estar desarraigado de lo inmediato.
David Foenkinos, La delicadeza, 2009

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