Poet's Abbey (Blog de lecturas)


A la muerte de Carlos Félix

 



Este poema constituye uno de los testimonios más íntimos y conmovedores de la obra literaria de Lope de Vega. Fue escrito tras la muerte de su hijo Carlos Félix en 1612, cuando el niño contaba apenas siete años. Aquello fue desgarrador para él y para su esposa, Juana de Guardo. La pérdida del hijo supuso uno de los golpes personales más profundos de sus vidas. 

Lejos de un lamento retórico, el poeta crea un texto en el que el dolor paterno entra en conflicto directo con la fe. Los versos articulan esa tensión entre resignación y sufrimiento. El hijo es ofrecido a Dios como el más valioso de los sacrificios, mientras el padre intenta convencerse de que lo que pierde en la tierra lo gana el cielo.

Desde el punto de vista literario, la obra destaca por la fusión de elegía personal y poesía religiosa, y marca un momento clave en la evolución espiritual del autor, que en esos años se orienta cada vez más hacia una visión penitente y trascendente de la existencia.

En suma, A la muerte de Carlos Félix no solo es un poema de duelo, sino una de las expresiones más auténticas de Lope, donde la voz del gran dramaturgo se apaga para dejar paso al dolor humano más desnudo.


Éste de mis entrañas dulce fruto,
con vuestra bendición, ¡oh Rey Eterno!,
ofrezco humildemente a vuestras aras,
que si es de todos el mejor tributo
un puro corazón humilde y tierno
y el más precioso de las prendas caras,
no las aromas raras
entre olores fenicios
y licores sabeos,
os rinden mis deseos,
por menos olorosos sacrificios,
sino mi corazón, que Carlos era,
que en el que me quedó menos os diera.

Diréis, Señor, que en daros lo que es vuestro
ninguna cosa os doy, y que querría
hacer virtud necesidad tan fuerte,
y que no es lo que siento lo que muestro,
pues anima su cuerpo el alma mía
y se divide entre los dos la muerte.
Confieso que de suerte
vive a la suya asida,
que cuanto a la vil tierra,
que el ser mortal encierra,
tuviera más contento de su vida;
mas cuanto al alma, ¿qué mayor consuelo
que lo que pierdo yo me gane el cielo?

Póstrese nuestra vil naturaleza
a vuestra voluntad, imperio sumo,
autor de nuestro límite, Dios santo;
no repugne jamás nuestra bajeza,
sueño de sombra, polvo, viento y humo,
a lo que vos queréis, que podéis tanto;

… 

Hijo, pues, de mis ojos, en buen hora
vais a vivir con Dios eternamente
y a gozar de la patria soberana.
¡Cuán lejos, Carlos venturoso, agora
de la impiedad de la ignorante gente
y los sucesos de la vida humana,
sin noche, sin mañana,
sin vejez siempre enferma,

del tiempo triunfaréis, porque no alcanza
donde cierran la puerta a la esperanza!

Yo os di la mejor patria que yo pude
para nacer, y agora en vuestra muerte,
entre santos dichosa sepultura;
resta que vos roguéis a Dios que mude
mi sentimiento en gozo, de tal suerte
que, a pesar de la sangre que procura
cubrir de noche escura
la luz de esta memoria,
viváis vos en la mía;
que espero que algún día
la que me da dolor me dará gloria,
viendo al partir de aquesta tierra ajena,
que no quedáis adonde todo es pena. 


Lope de VegaA la muerte de Carlos Félix, 1612

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