En 1993, Jean-Claude Romand asesinó a su esposa, sus hijos pequeños (de cinco y siete años) y sus ancianos padres antes de intentar suicidarse sin éxito. Lo que la investigación sacó a la luz fue casi más inverosímil que el propio crimen: Romand no era el médico prestigioso que todos creían. De hecho, no era absolutamente nada. Había construido una red de mentiras y, al verse acorralado, prefirió aniquilar a quienes amaba antes que enfrentar su propia deshonra. Fue condenado a cadena perpetua.
El escritor Emmanuele Carrère se pone en contacto con él para intentar reconstruir una vida definida por la soledad y la impostura. Busca descifrar qué ocurría en su mente de asesino. Afirma que "escribir esta historia solo podía ser un crimen o una plegaria".
Esta obra,nos sumerge en el estupor absoluto: un descenso al corazón del horror que, por su maestría, ha sido comparado con la mítica A sangre fría de Truman Capote.
Un amigo, un verdadero amigo, es también un testigo, alguien cuya mirada permite evaluar mejor la propia vida.
Para los creyentes, el instante de la muerte es aquel en que ven a Dios, no ya oscuramente, como en un espejo, sino cara a cara. Incluso los no creyentes creen algo parecido [...]. Deberían haber visto a Dios y en su lugar habían visto, adoptando los rasgos de su hijo bienamado, a aquel a quien la Biblia llama Satán, es decir, el adversario.
Emmanuele Carrère, El adversario, 2000

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