María Zambrano nos lleva a una experiencia profunda y originaria, situada fuera del tiempo, y en la que es posible reencontrar una especie de paraíso perdido. Este espacio simbólico le permite superar el sentimiento de exilio y recuperar una unidad esencial que todos anhelamos. A través de esta idea, la filósofa propone un regreso a los orígenes, donde la filosofía, la poesía, la música y la mística actúan como guías para reconectar con el “sentir” y devolver claridad a las cosas y a los seres.
En otra obra, Persona y democracia, Zambrano afirma que los seres humanos podemos vivir de dos maneras: pasivamente, resbalando por la existencia como si todo lo que nos rodea fuera algo ajeno; o activamente, tomando parte responsable y consecuente por cuanto sucede en nuestro alrededor. La pasividad nos aleja de la capacidad de pensar y actuar con responsabilidad. La preocupación social resulta aristotélica: el papel activo del individuo en el funcionamiento de la ciudad desde el compromiso político.
Filosofía y acción están ineludiblemente implicadas. Un pensamiento que no desciende a la realidad, que no guarda intención de tener un impacto es un pensamiento estéril. Filosofar implica tomarse en serio la vida para tomar las riendas de nuestra libertad y responsabilidad y emitir un juicio crítico sobre lo que sucede a nuestro alrededor.
En el siglo XX, Gramsci apelaba a la necesidad de que no seamos indiferentes ni insensibles ante la injusticia. Porque si se cae en el pozo del desinterés, la indiferencia o la apatía, se puede llegar a ser cómplice del engranaje que produce esta injusticia. Se trata de "contemplar la desgracia ajena sin apartar la mirada", como decía Simone Weil, para conmovernos, es decir, para hacernos cargo mediante una empatía que nos sumerge en la corresponsabilidad por lo que sucede en una comunidad.
En el siglo XXI, Susan Sontang, en su obra Ante el dolor de los demás, afirma: "Lo espeluznante de la cultura de la imagen es que nos inducen a ser meros espectadores, o cobardes, incapaces de ver. Mirar sin hacer nada nos ha vuelto insensibles."
En el apéndice de Claros del bosque afirma:
La contemplación es la ley que la belleza lleva consigo. Y en la contemplación, como se sabe, es indispensable un mínimo de quietud, o por lo menos de aquietamiento; un tiempo largo, indefinido, que fluye amplia y mansamente. Es el tiempo de la contemplación que da respiro, libertad.
María Zambrano, Claros del bosque, 1977

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