María Zambrano nos lleva a una experiencia profunda y originaria, situada fuera del tiempo, y en la que es posible reencontrar una especie de paraíso perdido. Este espacio simbólico le permite superar el sentimiento de exilio y recuperar una unidad esencial.
La filósofa propone un regreso a los orígenes, donde la filosofía, la poesía, la música y la mística actúan como guías para reconectar con el “sentir” y devolver claridad a las cosas y a los seres.
La raíz de su obra no es la lógica formal, sino la "razón poética". Porque "la unidad con que sueña el filósofo solamente se da en la poesía" (como afirma en la revista Sur en diciembre de 1939). La razón poética está presente en su prosa, tan alejada del discurso epistemológico habitual. Hay una primacía de lo poético sobre lo filosófico moderno, es decir, más Spinoza y Plotino y menos Descartes y Hegel.
En otra obra, Persona y democracia, Zambrano afirma que los seres humanos podemos vivir de dos maneras: pasivamente, resbalando por la existencia como si todo lo que nos rodea fuera algo ajeno; o activamente, tomando parte responsable y consecuente por cuanto sucede en nuestro alrededor. La pasividad nos aleja de la capacidad de pensar y actuar con responsabilidad. La preocupación social resulta aristotélica: el papel activo del individuo en el funcionamiento de la ciudad desde el compromiso político.
Filosofía y acción están ineludiblemente implicadas. Un pensamiento que no desciende a la realidad, que no guarda intención de tener un impacto es un pensamiento estéril. Filosofar implica tomarse en serio la vida para tomar las riendas de nuestra libertad y responsabilidad y emitir un juicio crítico sobre lo que sucede a nuestro alrededor.
De hecho, en Pensamiento y poesía, recupera la idea unamuniana de que la filosofía española no se articula en sistemas, sino que se expresa de forma implícita en la literatura, la acción y la mística.
Gramsci apelaba a la necesidad de que seamos sensibles y no indiferentes ante la injusticia. Si se cae en el pozo del desinterés, la indiferencia o la apatía, se puede llegar a ser cómplice del engranaje que produce esta injusticia.
Se trata de "contemplar la desgracia ajena sin apartar la mirada", como decía Simone Weil, para conmovernos, es decir, para hacernos cargo mediante una empatía que nos sumerge en la corresponsabilidad por lo que sucede en una comunidad.
En el siglo XXI, Susan Sontang, en su obra Ante el dolor de los demás, afirma: "Lo espeluznante de la cultura de la imagen es que nos inducen a ser meros espectadores, o cobardes, incapaces de ver. Mirar sin hacer nada nos ha vuelto insensibles."
Ya que la palabra "Razón" ha perdido tanto, se ha desgastado tanto al convertirse en abstracta como para ser traducción fiel del logos.
En el apéndice de Claros del bosque afirma:
La contemplación es la ley que la belleza lleva consigo. Y en la contemplación, como se sabe, es indispensable un mínimo de quietud, o por lo menos de aquietamiento; un tiempo largo, indefinido, que fluye amplia y mansamente. Es el tiempo de la contemplación que da respiro, libertad.
María Zambrano, Claros del bosque, 1977

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