Aunque la cultura española ha influido mucho en ámbitos como el arte o la literatura, su filosofía no ha tenido la misma proyección internacional. Esto lleva a preguntarse por qué se ha infravalorado: si es por una supuesta falta de calidad de sus filósofos o más bien por causas externas, como el desconocimiento, la falta de difusión o incluso la distorsión de sus ideas.
Este libro de Heleno Saña pretende ofrecer una visión equilibrada de las aportaciones de la filosofía española a la tradición filosófica universal. Por eso, señala tanto sus límites como sus aciertos.
A lo largo del libro, desde Séneca e Isidoro de Sevilla hasta Julián Marías y María Zambrano, busca demostrar que el pensamiento de los filósofos españoles, tan ligado a la trascendencia como al realismo, es en realidad mucho más rico y significativo de lo que afirmaron Hegel y quienes siguieron su línea.
De hecho, Saña, como Zambrano, recupera la idea unamuniana de que la filosofía española no se articula en sistemas, sino que se expresa de forma implícita en la literatura, la acción y la mística.
Por último, atiza el pensamiento posmoderno, que "no es más que la versión académica y culta del cinismo, la mediocridad y la vulgaridad"; y critica a esos intelectuales llenos de ideología, hijos de Heidegger, "conformistas que, incapaces de elevarse a las cimas del pensamiento, recurren al mismo método que la moda utiliza para subsistir y atraer la atención pública: sustituir un modelo por otro y afirmar que lo nuevo es lo mejor".
De lo que se trata es de elaborar una concepción del mundo y del hombre que dé sentido a nuestra vida y ponga un freno al soez y descarnado materialismo que caracteriza a la época actual. Y ello solo puede llevarse a cabo por medio de una filosofía inspirada en los valores espirituales y morales hoy pisoteados por la ideología dominante.
El producto final del discurso de Heidegger y de sus discípulos es un galimatías abstracto y desligado totalmente de los problemas, preocupaciones y retos de la vida real. Por lo que respecta a la glorificación del lenguaje como fundamento de la Verdad, se trata en el fondo de una variante más del Positivismo, en el que el sujeto desaparece detrás de las palabras. Reducido a simple producto lingüístico, el hombre de "carne y hueso" unamuniano pierde su esencia humana integral para quedar degradado a gramática y semántica, como en el Estructuralismo. No puede sorprender que Jacques Lacan entone continuamente cantos de alabanza a Heidegger ni que los ataques de Michel Foucault al Humanismo sean muy parecidos a los que formula el propio Heidegger.
Heleno Saña, Historia de la filosofía española, 2007

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