Los discursos contra inmigrantes o la estigmatización de minorías pueden leerse con bastante precisión desde el marco de René Girard: en contextos de crisis, la tensión social busca una vía de descarga y termina concentrándose en un grupo vulnerable que actúa como "chivo expiatorio". Lo relevante aquí no es si las acusaciones son ciertas —habitualmente no lo son—, sino su eficacia para restaurar una aparente cohesión interna. La hostilidad compartida une al grupo mayoritario, al precio de una injusticia estructural.
En El chivo expiatorio, Girard desarrolla esta intuición con un enfoque antropológico y literario. Su tesis sostiene que el conflicto humano nace del deseo mimético: no deseamos de forma autónoma, sino imitando a otros, lo que genera rivalidad.
Cuando esa rivalidad se generaliza, desemboca en una crisis de violencia indiferenciada. La solución persistente consiste en señalar a una víctima, atribuirle la culpa y eliminarla simbólica o físicamente. El mecanismo funciona porque es inconsciente y colectivo, pues la comunidad cree en la culpabilidad de la víctima.
El valor del ensayo reside en su capacidad para identificar patrones recurrentes en mitos, textos religiosos y episodios históricos. La persecución no es accidental sino funcional.
Sin embargo, la teoría de Girard corre el riesgo de reducir fenómenos complejos a un único esquema explicativo. No siempre distingue con suficiente precisión entre conflictos donde hay responsabilidad real y aquellos donde la víctima es completamente arbitraria, lo que exige cautela al aplicar su modelo a contextos contemporáneos.
Comparado con El malestar de la cultura (1930) de Sigmund Freud, el contraste es claro. Freud sitúa el origen del conflicto en el interior del individuo: la represión de las pulsiones agresivas por parte de la cultura genera un malestar inevitable que puede proyectarse hacia fuera en forma de prejuicios. Girard, en cambio, desplaza el foco hacia la dinámica social: no es tanto la represión interna como la rivalidad mimética la que conduce a la violencia y a la necesidad de un boc expiatorio. En términos de prejuicios e injusticias, Freud explicaría la energía psíquica que busca salida; Girard, el mecanismo colectivo que decide sobre quién recae esa descarga.
Las grandes crisis sociales que favorecen las persecuciones colectivas se viven como una experiencia de indiferenciación.
Chivo expiatorio denota simultáneamente la inocencia de las víctimas, la polarización colectiva que se produce contra ellas y la finalidad colectiva de esta polarización. Los perseguidores se encierran en la "lógica" de la representación persecutoria y jamás pueden salir de ella.
Cuando los Evangelios nos afirman que ahora Cristo ha sustituido a todas las víctimas, lo entendemos únicamente como sentimentalismo y piedad grandilocuente, mientras que desde una perspectiva epistemológica es Literalmente cierto. Los hombres solo han aprendido a identificar a sus víctimas inocentes poniéndolas en el lugar de Cristo.
René Girard, El chivo expiatorio, 1982
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