Poet's Abbey (Blog de lecturas)


El eterno marido

 


"Acabamos por desear que el ser amado sea infiel, para que podamos perseguirlo de nuevo y experimentar el amor en sí", observa Denis de Rougemont. Así es Pável Pávlovich, el protagonista de la novela corta El eterno marido, de Fiódor Dostoyevski.

La obra se presenta, en apariencia, como un triángulo amoroso convencional entre marido, esposa y amante. Sin embargo, Dostoyevski desplaza el centro de gravedad de la historia: la mujer queda casi desdibujada y el verdadero núcleo de la novela pasa a ser la relación enfermiza entre los dos hombres. 

Pável Pávlovich encarna al “eterno marido”, condenado a la humillación y al engaño, mientras que Velchanínov, lejos del seductor triunfante, aparece como un personaje inseguro, neurasténico e inmoral.

Entre ambos se establece una dinámica de atracción, rivalidad, dependencia y manipulación que convierte la novela en un inquietante duelo psicológico.

Dostoievski transforma así un argumento aparentemente trivial en una exploración profunda del orgullo herido, los celos y la necesidad de reconocimiento. La humillación no destruye el vínculo entre los personajes: lo intensifica.

En este sentido, la comparación con ese relato del Quijote, El curioso impertinente, de Cervantes permite entender mejor la singularidad del genio ruso. En el relato cervantino, Anselmo persuade a su amigo Lotario para que seduzca a su esposa Camila y pruebe así su fidelidad; el experimento desemboca en tragedia y funciona como advertencia moral contra los celos y la imprudencia. Dostoyevski, en cambio, se adentra en zonas mucho más ambiguas e incómodas. Donde Cervantes ordena el conflicto bajo una lógica ética, Dostoyevski lo convierte en un laboratorio psicológico dominado por la humillación, el resentimiento y la dependencia emocional. El eterno marido termina siendo, así, una interpretación profundamente antiromántica del deseo y de la figura del donjuán.

La lectura que hace René Girard en Mentira romántica y verdad novelesca resulta especialmente iluminadora: “Pavel atrae a Veltchaninov a casa de su prometida. Anselmo pide a Lotario que corteje a su mujer. En ambos casos, el prestigio del mediador es lo único que puede ratificar la excelencia de una elección sexual”. El deseo deja entonces de ser espontáneo y pasa a depender siempre de la mirada del otro; lo que mueve a los personajes no es tanto el amor como el orgullo sexual y la necesidad de validación.


El hombre de esta especie [el eterno marido] viene al mundo y crece únicamente para casarse, y apenas casado, se convierte inmediatamente en algo complementario de su mujer, por personal y autónomo que fuera su carácter. El distintivo de los maridos de esta clase es el bien conocido ornamento. 


Fiódor Dostoyevski, El eterno marido, 1870






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