Este verano he tenido la suerte de visitar Trasmoz, en casa de unos muy buenos amigos. El pueblo, condenado y excomulgado por la Iglesia, guarda todavía ese aire entre legendario que Bécquer supo capturar en sus Cartas desde mi celda en el siglo XIX.
Trasmoz fue excomulgado en 1255 por un pleito entre el abad de Veruela y el concejo por la leña, y maldecido de nuevo en 1511 cuando el monasterio perdió un litigio por el agua contra el señor del pueblo. La brujería fue la excusa que quedó para la posteridad, pero el origen real de ambos castigos fueron disputas de poder y recursos entre la villa y el monasterio vecino.
El castillo de Trasmoz es una fortaleza medieval cuyo señorío se remonta al siglo XII. Su rivalidad con el Monasterio de Veruela alimentó siglos de tensión y acabó dejándolo arruinado, tal como lo encontró Bécquer en 1864. Él aprovechó esas ruinas para inventar, en la Carta Séptima, que fue el diablo quien lo construyó en una sola noche para sus discípulas las brujas.
Las cartas de Bécquer nacen de la estancia del escritor en el monasterio de Veruela, donde se retiró enfermo y a medio camino entre la tuberculosis y el desengaño. Lo que iba a ser una crónica de viajes para El Contemporáneo se convierte en un ejercicio de introspección romántica.
Para mí, la clave de la obra es la presencia de las brujas, en especial, de la tía Casca, la anciana de Trasmoz cuyo asesinato relata Bécquer como un suceso real y reciente: señalada por sus vecinos como responsable de las desgracias del pueblo, perseguida y apedreada hasta caer a un precipicio. Bécquer la describe en la carta Sexta con greñas blancuzcas, cuerpo encorvado, brazos disformes, y presenta su muerte casi como reportaje, no como cuento. Lo más inquietante es que no la narre como leyenda antigua sino como crónica de un crimen ocurrido pocos años antes de su visita.
Las dos cartas siguientes, la Séptima y la Octava, sí son ya leyenda pura (el diablo levantando el castillo para sus discípulas, el pacto satánico de la primera bruja, etc), y esa gradación, de lo real a lo fabuloso, es lo que da fuerza al conjunto.
La tía Casca es la prueba de que la superstición popular puede matar de verdad. Por eso las Cartas denuncian cómo una comunidad entera necesitó culpar a una mujer vieja y pobre para explicarse su propia desgracia.
La tía Casca era famosa en todos estos contornos, y me bastó distinguir sus greñas blancuzcas que se enredaban alrededor de su frente como culebras, sus formas extravagantes, su cuerpo encorvado y sus brazos disformes, que se destacaban angulosos y oscuros sobre el fondo del fuego del horizonte, para reconocer en ella a la bruja de Trasmoz.
Gustavo Adolfo Bécquer, Cartas desde mi celda, 1864

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