Azorín lee a los clásicos desde su propio tiempo y se detiene en aquello que, a su juicio, sigue teniendo vida. Cervantes, Baltasar Gracián, Cadalso, Garcilaso, Góngora y autores menos conocidos aparecen bajo una mirada personal, lúcida, atenta.
Leer a Azorín obliga a mirar despacio y a descubrir que detrás de un libro hay personas, lugares y formas de vida que todavía pueden decirnos algo. El autor no busca convertir a los clásicos en piezas de museo ni demostrar su importancia. Simplemente, invita a su lectura, un poco como intento yo, con más o menos acierto, en este blog. Y esa es quizá la mejor razón para acercarse al libro.
Un autor clásico es un reflejo de nuestra sensibilidad moderna. La paradoja tiene su explicación: un autor clásico no será nada, es decir, no será clásico, si no refleja nuestra sensibilidad. Nos vemos en los clásicos a nosotros mismos.
El Renacimiento es como un grande amor a la vida, a los hombres y a las cosas: la armonía que en nuestra existencia diaria forman los detalles y los objetos menudos se revela de pronto en las páginas de estos graves pensadores, silenciosos y dignos. Juan Luis Vives ha sentido, acaso mejor que nadie, la eterna poesía de lo pequeño y cotidiano.
No hay más aplanadora y abrumadora calamidad para un pueblo que la falta de curisidad por las cosas del espíritu; se originan de ahí todos los males. Se origina de ahí la ausencia de examen, de comparación, de apreciación, de crítica. De crítica engenfradora de adhesión y de repulsión, de entusiasmo y de hostilidad: de entusiasmo y histilidad que remueven la inercia de los de abajo e impiden la corrupción de los de arriba.
No saldrá España de su marasmo secular mientras no haya millares y millares de hombres ávidos de conocer y comprender.
Azorín, Lecturas españolas, 1912

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