He empezado un trabajo que me apasiona: dar clase de Filosofía en un instituto de secundaria. Me siento muy afortunado con mis nuevos alumnos de bachillerato y compañeros del departamento de ciencias sociales. Tengo mucha suerte.
Antes de empezar, en verano me he leído con calma un libro que me recomendó otro profesor de Filosofía: Tiempo de magos. Es una obra que reconstruye la década de 1919 a 1929 a través de cuatro gigantes del pensamiento (Wittgenstein, Heidegger, Cassirer y Benjamin) que, sin apenas cruzarse, dieron forma a las preguntas centrales de la filosofía del siglo XX.
Eilenberger cuenta una crónica de vidas concretas: el regreso de Wittgenstein a un pueblo austríaco tras heredar y repartir su fortuna, la redacción de Ser y tiempo en una cabaña de la Selva Negra, el debate de Davos entre Cassirer y Heidegger, Benjamin arruinado y adicto al juego mientras escribe sobre el lenguaje y la modernidad.
Al centrarse en cuatro figuras europeas de la posguerra, el libro deja fuera corrientes y autores igual de relevantes, y el lector puede creer que ellos agotan el periodo. No lo agotan: lo iluminan. Son los felices años veinte, un sueño que acabará en pesadilla, con el germen de los totalitarismos ya latente en ese mundo sin certezas.
Creo que ha sido una buena lectura para entrar como profesor de Filosofía, porque me ha recordado que las ideas nacen de personas de carne y hueso, con miedos y contradicciones, y que enseñarlas sin ese contexto es enseñar sólo la mitad.
Tiempo de magos no sustituye la lectura de los textos originales, pero es una buena puerta de entrada, y un aviso contra la tentación de presentar la historia de la filosofía como una sucesión ordenada de sistemas.
Cassirer y Heidegger se ajustaban con una exactitud pasmosa a los patrones ideológicos de un Lodovico Settembrini y un Leo Naphta, que la novela de Thomas Mann había creado para toda una época.
Wolfram Eilenberger, Tiempo de magos, 2018

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