Poet's Abbey (Blog de lecturas)


Don Juan

 


Don Juan de Gonzalo Torrente Ballester es una de las reinterpretaciones más ambiciosas, ambiguas y extrañas del mito donjuanesco en la literatura del siglo XX. Los diálogos, la reflexión filosófica y el juego entre realidad, ficción y mito pesan más que el argumento novelesco. El resultado es una obra exigente, más interesada en explorar el significado de Don Juan que en narrar sus aventuras.

El narrador se aproxima a otras interpretaciones del mito con gran lucidez, pero no puedo estar de acuerdo con el diálogo con Miguel Mañara. Mientras Milosz presenta la conversión de Mañara como una plenitud espiritual alcanzada mediante el amor y la entrega a Dios, Torrente parece contemplar esa misma posibilidad con desconfianza. Lo presenta con ojos "cansados y sin brillo" y manos "largas, oscuras, como hierros retorcidos". Su Mañara aparece reducido a un hombre dominado por el escrúpulo y una religiosidad encogida, como si la santidad implicara inevitablemente la renuncia a la libertad que define a Don Juan. Es una caracterización eficaz dentro del debate que plantea la novela, pero discutible si se compara con la intensidad espiritual y la nobleza que Milosz concede a su personaje.

En realidad, el centro de la obra no es la oposición entre pecado y virtud, sino entre dos concepciones de la libertad. El Don Juan de Torrente no defiende el libertinaje por simple placer, sino que encarna la negativa a aceptar cualquier vínculo que limite su autonomía. 

Frente a él, Mañara representa la posibilidad de una libertad que se realiza en la entrega. La novela no resuelve el conflicto, sino que lo mantiene abierto hasta el final, rechazando las soluciones cerradas y obligando al lector a preguntarse si la libertad absoluta es realmente compatible con el amor o con cualquier forma de trascendencia.

Esa voluntad de preservar el misterio explica también el desenlace. La representación teatral y la enigmática sonrisa de Don Juan no desvelan el enigma, sino que lo perpetúan. Torrente parece sugerir que Don Juan no puede reducirse ni a un personaje histórico ni a una tesis filosófica: es un mito vivo que renace cada vez que alguien intenta explicarlo. 

Por ello, Don Juan es una novela admirable por su densidad intelectual y por la riqueza de sus preguntas, aunque también puede dejar al lector perdido en la ambigüedad y los juegos metaliterarios.


Llegué a sentirme como juguete en sus manos, o como personaje literario en las del mal novelista, que piensa y siente lo que el novelista quiere.


El Señor nunca me había fallado. Yo pecaba, y él me enviaba el arrepentimiento, señal de su presencia y de nuestra batalla. Entonces, yo peleaba en mi interior hasta ahogar la voz de Dios, hasta quedar victorioso. Pero esta vez, aunque la busqué en la prisión, aunque la busco en soledad, la voz de Dios no me llega. Mi corazón permanece tranquilo, y es solo mi cabeza la que da vueltas... Quiero entender y no etiendo. Tengo ante mí la evidencia, y la rechazo.


El amor no me importa, Elvira. Lo que me importa es que Dios me responda de algún modo; que me muestre su ira o su misericordia, que me colme el corazón de dolor, pero me grite: "¡Estás delante de mí, Juan! ¡No te he olvidado!". Lo que tú propones es la embriaguez y la ceguera, y yo quiero estar despierto.


Gonzalo Torrente Ballester, Don Juan, 1963

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